Trascender el sufrimiento

Me pregunto ¿Qué sucedería en mí si cesase todo sufrimiento? Lógicamente sólo si lograse esa cesación podría responder desde la experiencia. Muchos ya lo han logrado, según sus testimonios.

¿Qué me hace sufrir? Podría enumerar cosas, circunstancias, quizás personas y a mí mismo, como causas aparentes de mi propio sufrir. Pero a la vez me viene sin más una respuesta que me queda incomprensiblemente grande, muy grande, cargada de enigma: me hace sufrir “La separación del Todo”. Una respuesta poco práctica, pero que me invita a dirigir hacia ella todas las demás respuestas que me pudieran surgir. Mi identidad, me separa de ese “Todo”, de esa máxima unión. El propio sentido adquirido del mí mismo, el quién o que soy yo. La lucha por distinguirme de todo lo demás, por diferenciarme, por marcar límites que me mantengan como un yo separado del mundo. Todo aquello con lo que pudiera identificarme profundiza en esa separación, que me distingue y aísla, que me produce, cuando parece que al fin alcancé una meta, nueva insatisfacción, y que pude llegar a convertirse en desolación, angustia, pánico y un irrellenable vacío existencial que me hace sufrir.

Muchos seres con sus descubrimientos han diseñado caminos que indican cómo se llega al cese del sufrimiento. Por mencionar dos influyentes religiones: En el cristianismo se anuncia La salvación, como la Buena Nueva, el “Evangelio” de Jesús de Nazaret. El budismo basa su existencia en ello y el camino es denominado como “el noble óctuple sendero” diseñado por el buda Siddhartha Gautama para poner fin al sufrimiento. En estos dos casos y en otros muchos más se nos dan planos e indicaciones que nos muestran diferentes rutas dirigidas a la unión con ese Todo o Dios, con la Plenitud. Nos indican que es en nuestro “interior” en donde hay que buscar la conexión. Los “sensores” que señalan, a modo de GPS espiritual, que la respuesta se halla en lo profundo de nosotros mismos. Allá en la quietud de lo profundo podemos encontrar la unión con los otros y con el Todo, con Dios, con la Plenitud. Poder experimentar La Paz.

Puedo identificar una rama de mi árbol del sufrir. Y sobre ella deseo compartir la manera práctica de cómo la abordo. Esa rama es “La mala leche”, el enojo, la insatisfacción permanente que a modo de queja me asediaba y perseguía casi de forma constante. Unas veces apenas perceptible, como un leve descontento y otras se puede mostrar con un nivel de ira insoportable. Me hace sufrir y produce sufrimiento a mi entorno.

He descubierto una creencia muy peligrosa en mí al suponer que cuando una perturbación ocurría en mi interior, se quedaba en mi fuero interno, si lo podía disimular. Ahora algo ha cambiado al haber podido experimentar y comprobar que, aunque lo oculte, ese efecto pernicioso impregna mi interior y mi entorno de muchas maneras. El sufrimiento profundo me ha invitado a buscar las formas de abordarlo para evitar que contamine, para evitar sus efectos destructivos. Comprobé también que se mostraba con la mayor facilidad e intensidad en los ambientes más privados y próximos, con lo que me perjudicaba a mí y a mis seres más próximos produciendo un efecto terrible y desolador. No me sabía valorar, querer, respetar, atender, conocer, amar. Aún estoy en el camino de aprender. Como consecuencia todo aquello en lo que podía poner con más intensidad el calificativo mío, era quien sufría un mayor deterioro: yo mismo en primer lugar, mis hijos, esposa, familia de origen, y desde ahí perdía intensidad hacia lo más alejado (quizás pueda aplicar el dicho “donde hay confianza da asco”).

Estoy convencido de que lo que me ocurre mentalmente trasciende nítidamente hacia el entorno, no importando espacio ni tiempo. Así puedo compartir La Paz, así como la perturbación más destructiva. Cuidar de mi estado mental me ha ayudado a sanear mi mente y a reducir mucho el sufrimiento que producía su desatención.

Ante el más leve indicio de alteración mis alertas me avisan de poner especial atención al proceso que se está iniciando, a sentirlo con todo el Ser. El Proceso de forma resumida podría describirlo así: El cuerpo detecta los primeros síntomas, que ya puedo percibir, primero de forma inconsciente y después de forma manifiesta, Casi de inmediato o al unísono, la mente procesa pensamientos en la misma sintonía que dan origen a la emoción correspondiente; en este caso podría ser ira exacerbada. Se dan diálogos internos en esa misma línea que trata de reforzar esa sintonía perturbadora dando como resultado toda una “película” en la que me veo envuelto y a la que si no estoy muy muy atento, alimento; con un mismo guión y objetivo: producir energía contaminante y de alguna manera destructiva. Cualquiera que sea la aparente realidad que pueda “justificar” en mí esa reacción sé que es un espejismo, una poderosa ficción. Me atengo a parar y observar el proceso, sin oponerme , eso le daría fuerza, poniendo especial atención en no identificarme con él. Todo el tiempo que dure “la tormenta”.

En mi caso, con el recorrido de la práctica de La Atención Plena, poco a poco voy tomando cada vez más conciencia de estos procesos y por tanto de poder abordarlos cuando aún es posible gestionarlos; antes de que la fuerza de la emoción anule cualquier capacidad de mantenerme presente en medio de la tormenta. Mantenerme presente hasta que amaine y no produzca efectos destructivos y terriblemente contaminantes.

Parar y ver, conectar asiduamente con la quietud interior. Practicar de forma correcta, tomar cada vez más conciencia de la importancia de la compasión, de la paciencia hacia mí mismo, aprender a quererme, sólo así puedo compartir ese amor con el prójimo. Reducir el sufrimiento que hay en mí y desde ahí colaborar en este mundo en la reducción del sufrimiento. Abrirme a la realidad del Amor que todo lo une, momento a momento, con amabilidad hacia mí mismo y determinación, el tiempo y dedicación que precise, estar disponible en lo poco que pueda depender de mí.

 

Nicolás Zúñiga Herrero
Experto en Educación.
Miembro de la Asociación Profesional de Instructores Mindfulness MBSR. 

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