La soledad de la pérdida puede generar desolación: El Mindfulness como recurso

Una querida terapeuta me preguntó, en una sesión de grupo, porque había contraído una nueva relación de pareja tras mi separación de la primera y única, de 25 años matrimoniales. Le respondí, desde el fondo de mi corazón, que por miedo a la soledad. Me sentí desolado al separarme, y se inició un duelo muy doloroso. De esto ya hace 12 años.

Me acompañaron muchas personas que la vida me regaló y a las que dirijo toda mi gratitud, reconocimiento y cariño, ahora las puedo ver así. No paré de buscar recursos, para sobrevivir, con gana y la mayor parte del tiempo, sin ella. Fueron muchos los caminos que recorrí para hallar consuelo y paz. Me sumergí en muchos procesos terapéuticos y de largas formaciones. Viajé a infinidad de lugares para adquirirlas: Madrid, Valencia, Barcelona, Bilbao, León, Santiago, Lugo, … En todos los casos me capacité con la titulación, las prácticas y el riguroso entrenamiento correspondiente, para poder primero sanar mis heridas y desde ahí acompañar después a muchas personas, tanto en el ejercicio de mi labor profesional docente, como en otros marcos de actuación.

Una de mis últimas adquisiciones en el camino de lidiar con las emociones difíciles, podríamos decir, es el Mindfulness, iniciado hace cuatro años. Un camino de formación intensa y de prácticas casi diarias desde entonces. Prácticas en solitario y en grupo, en muchas ocasiones intensivas, desde retiros de varios días hasta mi estancia en un templo Zen durante cuatro meses.

“Parar y ver” es esencial en el modelo Mindfulness, a través de mi experiencia lo pude descubrir. Tomar conciencia de las distintas sensaciones continuas, los distintos movimientos que se producen en el cuerpo como respuesta a tan incesante actividad mental, a tantos estímulos de fuera y dentro. La meditación formal y los estados de atención a lo largo de cada jornada, en aquello que surge y se va desplegando momento a momento, me van revelando muchas riquezas del interior de mí mismo: reacciones automáticas, creencias profundas e inconscientes que me condicionan, miedos profundos, recursos negativos compulsivos que me aprisionan, …hasta descubrir que la quietud ya está ahí en mi interior. No obedece a méritos ni conocimientos, ni a la actividad intensa a la que estaba acostumbrado, como supuse a lo largo de toda mi vida. Prestar la atención correcta como base de tomar conciencia, de entrenar la presencia en oposición a la ausencia que supone estar en el pasado o en futuro de forma casi constante. Descubrir el aquí y ahora como único marco real de existencia.

Todo ello ha ido creando en mí una red de recursos que me permiten gestionar mi soledad, hasta convertirla en una aliada deseada en muchas ocasiones.

Hace dos años comenzó un nuevo duelo. Finalizó una larga etapa de más de cuarenta años de ejercicio docente, al jubilarme como funcionario de educación. Creí tener muchas herramientas para abordar esta nueva etapa. La realidad del momento a momento me recuerda que el aquí y ahora se va mostrando de manera novedosa, a estrenar, que mis experiencias pasadas, en la mayoría de los casos, son un lastre que me impide vivir la intensidad de lo nuevo, reconocer y sorprenderme de esas novedades que surgen cada día, cada momento. Puedo reconocer que lo nuevo me inquieta, me parece inseguro, incierto y me estresa, llueve sobre mojado en un cuerpo ya sometido a mucho estrés con el paso de los años. Una nueva forma de soledad, aunque sea acompañado, se abre alrededor de mí, en mi interior, hasta dar miedo. Tuve que dejar marchar muchas costumbres basadas en horarios arraigados, muchas relaciones y también la presencia de miles de niños, jóvenes y adultos que me sirvieron de compañía a lo largo de mi historia profesional.

Parar y ver lo que va surgiendo cada momento, con una mente de principiante, cada vez más lúcida y al servicio del aquí y ahora. Las cosas en mí surgen, evolucionan y si no me apego a ellas, desaparecen. Esta es la gran realidad que he podido constatar: la impermanencia en mi vida, tan solo la conciencia, la presencia que contempla el momento a momento, permanece como una constante, no sometida a cánones racionales y que me pone en contacto con la quietud interior, antesala de lo atemporal inefable. La Atención Plena en mí fue capaz de convertir, respetando su proceso, la desolación aterradora en oportunidad de soledad disfrutable.

 

Nicolás Zúñiga Herrero
Experto en educación.
Miembro de la Asociación Profesional de Instructores Mindfulness MBSR.

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